Liderazgo Exfoliante

Foto: Blumhouse Productions

En la película WHIPLASH el profesor de una academia de música y director de una banda de jazz, Terence Fletscher, expresa su creencia acerca de su función: extraer de cada músico lo mejor de sí mismo para llevarlo a un nivel que él jamás haya soñado. Luego, hace referencia a las dos palabras más perjudiciales del idioma inglés “good job”, buen trabajo. Fletscher atribuye a esas dos palabras la limitación de todo buen trabajador, que no se esfuerza por ascender a la excelencia, porque su maestro o su jefe ya le dijo que hizo un buen trabajo y en ese nivel se queda.

Todo estaría bien si no fuera porque el profesor acude a la humillación, al pisoteo de la dignidad y al insulto para retar a sus alumnos a que den lo máximo, provocando que uno de sus alumnos se suicide y a él terminen despidiéndolo de la academia por petición de padres angustiados.

Las creencias de Fletscher con respecto a su manera de enseñar y extraer lo mejor de cada miembro de su banda le surgen a partir de la historia de Charlie Parker, un intérprete de saxofón alto que se hizo famoso en Nueva York con sus inigualables solos en las mejores bandas de jazz. El desarrollo de Parker a su vez se atribuye a la exigencia, a nivel de tortura, de parte de sus maestros.

 

Esta forma de comportarse de parte de los líderes de este estilo la vemos también en la película Reto al Destino, donde el Sargento Hartman, instructor de los recién admitidos reclutas y aspirantes a Alférez de la Marina de los Estados Unidos, trata a todos con insultos y humillaciones, desde su presentación, alguno de ellos responde a la pregunta de dónde es diciendo: “Soy de Arizona, señor”. El instructor responde. “En Arizona solamente hay bueyes y maricas. Yo no veo cuernos por aquí, así que seguramente usted es un marica”.

Al finalizar el curso, el graduado al que más hizo sufrir, Richard Gere, le dice: “Gracias Sargento, no lo habría logrado sin usted”. Ese es el resultado al que aspira todo líder exfoliante, elevar a sus seguidores y que ellos mismos reconozcan que sin él no habrían podido alcanzar la meta trazada. Su convicción más profunda es que él habrá de salvar a sus alumnos sacándolos de la mediocridad. En el fondo, lo que más desea, es que lo reconozcan como un ser imprescindible, sin él no habría nunca buenos alumnos. Sin él, el mundo se pudriría.

En la película La Sociedad de los Poetas Muertos vemos como un maestro extraordinario logra inspirar a sus alumnos, al grado que uno de ellos decide ser actor. Su padre, al enterarse lo castiga y le impide asistir a los ensayos, advirtiéndole que “de ninguna manera” permitirá que él no curse la carrera de abogado. La cual significaba ir a Harvard, graduarse y continuar la tradición familiar. Esa secuencia cinematográfica es apenas, una muestra del carácter impositivo y dictatorial del padre. Ante la impotencia y la imposibilidad de conquistar sus anhelos, la consecuencia natural es: el joven se suicida.

En una fábrica de la zona industrial de Vallejo, en el Distrito Federal, conocí a un director general que trababa de manera infame a sus trabajadores, cuando se lo hice notar me dijo: “licenciado Esponda, aquí yo solo tengo burros, no entienden palabras, no me queda más que arrearlos”.

Después del curso que impartí salí con la convicción de que, si alguna vez le llegó alguien con un alto nivel de preparación y elevada autoestima, decidió no quedarse a trabajar allí. En esa empresa sólo se quedaban a trabajar quienes carecían de opción. El nivel de rotación era impresionante. No me sorprendió saber que había quebrado dos años después.

He tenido el gusto de conocer a ejecutivos de muy alto nivel, distinguidos por su talento, su tenacidad y su excelente habilidad para los negocios. Se acostumbran a ser obedecidos sumisamente y no toleran desviación a orden alguna. Con pena, he visto que los hijos de ellos resultan ser unos peleles que no piensan por sí mismos, están acostumbrados a obedecer y a tener en la punta de la lengua el “sí papá, como tú digas”. Cuando heredan la empresa, suele suceder, que la orillen a la quiebra o a la venta mal pagada.

El líder exfoliante tiene las mejores intenciones, lástima que su método de dirección sea erróneo y provoque la castración del ánimo y la imaginación de sus seguidores.

Ni hablar de la posibilidad de un buen clima de trabajo. Ni pensar en que algún miembro del equipo emita su opinión, o que hayan juntas de trabajo donde puedan discutirse distintos puntos de vista que enriquezcan un enfoque y menos aún, discusiones que eleven el nivel de pensamiento del grupo.

Lo peor puede venir para cualquier persona que contradiga al líder exfoliante. Recordemos al humorista yucateco, Marco Antonio Almazán, quien nos advertía del riesgo: “cuidado y discutes con tu jefe porque puede suceder que tengas razón”.

¿Has visto líderes así? De casualidad, ¿no eres uno de ellos? Quien resulte ser líder exfoliante debe reflexionar sobre sí mismo y hacerse un plan de cambio. De no hacerlo, las consecuencias son funestas.

Lo interesante a tomar en cuenta es que el líder exfoliante no padece de ataques al corazón, ni úlceras, ¡pero cómo las provoca! Los que se enferman y sufren mientras aguantan son sus abnegados seguidores. ¿Hasta cuándo aguantar? Depende de la capacidad de sufrimiento o de la imposibilidad de encontrar una salida.

El lado negro del asunto es que en cada biografía de personas que han ganado una medalla de oro Olímpica, o de un Mozart, o de un campeón de boxeo, encontramos que detrás estuvo un líder exfoliante que apretó los tornillos al máximo para extraer hasta la última gota de talento que estaba a su disposición.

David Garrett, el divo del violín y que actuó en El violinista del Diablo, confesó que se alejó de su padre por las exageradas exigencias de la infancia. Hay que recordar que al violinista Fritz Kreisler, después de un gran concierto se le acercó una dama y le dijo: “daría mi vida por tocar como usted lo hace”, y él contestó: “pues eso es lo que he hecho señora”.

 

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alfredo-esponda@cencadedigital.com

 

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